En el vasto y helado paisaje de Tromsø donde las auroras boreales tejen patrones místicos en el firmamento, se encontraban Sandra y Hugo tras una década de historia complicidad y amor. La noche, vestida en un manto de luces danzantes, observaba con un silencio reverente. Hugo guiado por una determinación que brotaba desde lo más profundo de su ser, tomó la mano de Sandra sintiendo el frío y la eternidad en sus dedos. Se arrodilló, un gesto cargado de tradición y promesa, sus palabras resonaron en el aire gélido como un eco de antiguos juramentos. Sandra con los ojos brillando en sincronía con los velos celestiales, aceptó su propuesta. Bajo el juego cromático de las auroras, sellaron su pacto con un beso mientras el cosmos parecía asentir, bendiciendo su unión con su más espléndido espectáculo.